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LA FILOSOFIA COMO PENSAMIENTO DE SU TIEMPO

 

Fragmento de las LECCIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA (1) de G.W.F. HEGEL y un comentario.



Vemos, pues, que la filosofía sólo aparece al llegar una determinada época en la formación del todo

c.- La filosofía como pensamiento de su tiempo. Pero llega un momento en que no sólo se filosofa así, en general, sino en que es una determinada filosofía la que se manifiesta en un pueblo; y esta determinabilidad desde el punto de vista del pensamiento es la misma determinabilidad que informa todos los demás aspectos históricos del espíritu del pueblo, que guarda la más íntima relación con ellos y que constituye su base. Así, pues, la forma determinada de una filosofía se da simultáneamente con una determinada forma de los pueblos, bajo la cual surge, con su organización y su forma de gobierno, con su moral y su vida social, sus aptitudes, sus hábitos y costumbres, con sus intentos y sus trabajos en el arte y en la ciencia, con sus religiones, sus vicisitudes guerreras y sus condiciones externas en general, con la desaparición de los Estados en los que este determinado principio se había hecho valer y con el nacimiento y el auge de otros nuevos, en los que se alumbra y desarrolla otro principio superior.

El espíritu elabora y ensancha, cada vez, en toda la riqueza de su multiplicidad, el principio de aquella determinada fase de la conciencia de sí mismo que ha alcanzado. Este rico espíritu de un pueblo es una organización, una catedral, con sus bóvedas, sus naves, sus columnatas, sus pórticos, sus múltiples divisiones, todo ello nacido de una totalidad, de un fin. La filosofía no es sino una forma de estos múltiples aspectos. ¿Cuál? Es la suprema floración, el concepto de la forma tota del espíritu, la conciencia y la esencia espiritual del estado todo; el espíritu de la época, como espíritu que se piensa a sí mismo. El todo multiforme se refleja en ella como en el foco simple, como en su propio concepto que se sabe a sí mismo.

La filosofía que es necesaria en el seno del cristianismo no podía haber surgido en Roma, pues todos los aspectos que forman el todo no son otra cosa que la expresión de una y la misma determinabilidad. Por consiguiente, la relación existente entre la historia política, las constituciones de los Estados, el arte y la religión, de una parte, y de la otra la filosofía no consiste, ni mucho menos, en que aquellos factores sean otras tantas causas de la filosofía, o ésta, por el contrario, el fundamento de ellos, sino que todos tienen una y la misma raíz común, que es el espíritu de la época en que se producen. Es una determinada esencia, un determinado carácter el que informa todos estos aspectos; manifestándose en lo político y en lo demás como en diferentes elementos; es un estado cuyas partes se mantienen todas ellas en cohesión y cuyos diferentes aspectos, por muy diversos y fortuitos que parezcan ser, por mucho que parezcan contradecirse, no encierran nada heterogéneo respeto a la base sobre la que todos ellos descansan.

 

LECCIONES SOBRE LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Trad. Wenceslao Roces. México: FCE, 1981, p. 55-56.


COMENTARIO:

No deja de ser paradójico que Hegel, cuyo proyecto filosófico pretendía expresar el autodesarrollo de la Idea hacia la racionalidad y la libertad, haya acabado por ser considerado un pensador del totalitarismo. La historia ha terminado por mostrar que del concepto de ‘totalidad’ al ‘totalitarismo’ hay un trecho más corto de lo que suponían los filósofos del idealismo alemán del siglo 19. Si leemos el texto veremos que hay ahí una advertencia que el propio autor no siguió tan al pie de la letra como hubiese sido de desear y que sus discípulos simplemente olvidaron. Hegel nos dice que el espíritu actúa en ‘toda la riqueza de su multiplicidad’; pero el destino del hegelianismo fue jacobino y desdeñó precisamente la multiplicidad.

En definitiva, como buen teólogo protestante Hegel no ignoraba que también en la teología cristiana ‘el espíritu [santo] sopla por donde quiere’. Pero el desarrollo del hegelianismo fue ateo e ignoraba la sutilidad del espíritu santo –que en la tradición cristiana no puede ser teorizado, precisamente por su misma imprevisibilidad.

Con el hegelianismo, el espíritu se convierte en algo más prosaico. Es, simplemente, el espíritu de la época. En otro de sus textos, ‘La razón en la historia’, Hegel intuyó que ese espíritu tiene algo de inconsciente, que han de revelar los ‘grandes hombres’ en su acción transformadora. Si se hubiese limitado a investigar sobre esa capacidad inconsciente de la historia, algo que románticos como Holderlin y Lessing intuyeron con gran claridad, Hegel tal vez hubiera abierto una vía importante para entender la modernidad como ‘pathos’, algo que, por lo demás, está también presente en su obra pero a un nivel secundario. Pero desgraciadamente lo concretó en los grandes hombres, sacralizando la historia. Y es aquí donde se hundió políticamente el hegelianismo. El espíritu del tiempo ‘como espíritu que se piensa a sí mismo’, y que lo hace mediante los grandes hombres debía acabar necesariamente en un Apocalipsis (el apocalipsis de la subjetividad), incluso cuando podía parecer una epifanía a los menos avisados. El concepto hegeliano de espíritu resulta ‘excesivo’ en la medida que incluye toda contradicción sin ver que, simplemente, hay contradicciones no asumibles. La exigencia simultánea de una vida libre y de un saber total, tal vez pueda encontrar su realización perfecta en la mente omnipotente de un dios, pero esa ambición resulta excesiva; no se halla al alcance de los humanos y tiende a ser excluyente en la práctica. De su exceso de ambición proviene su misma limitación. El hegelianismo resulta incompatible con lo limitado y lo autocontradictorio de lo humano en sí mismo.

La hipótesis hegeliana de un espíritu que se reconcilia consigo mismo, la ‘cohesión en lo fortuito’ que busca la filosofía hegeliana nos habla tal vez del deseo humano, pero resulta desgraciadamente falaz por la misma agresividad (¿hobesiana?) del ser humano. Fueron los jóvenes hegelianos quienes se percataron primero de que esa herida (¿esa escisión?) entre la realidad y el deseo, debía fracasar necesariamente. La reconciliación de los opuestos tal vez sea lo más noble de la propuesta hegeliana, pero se reveló también lo más quimérico. Kant demostró mayor realismo cuando consideraba al hombre como un ser perpetuamente escendido entre deber e interés. Cosa que no deja de resultar lamentable y que ha tenido, por lo demás, terribles consecuencias para la credibilidad misma de la filosofía, cuyo papel después de Hegel tendió a ocupado por saberes más empíricos como la sociología y la economía. Al cabo, ambas podían ejercer como ontología del presente con más eficacia formal. Tal vez, como creyó Hegel, sea posible que el espíritu logre pensarse a sí mismo, pero nunca ha logrado presentarse ‘reconciliado’ consigo mismo. Cosa que no deja de ser lamentable también. Y sin embargo resulta un proyecto tan admirable como imposible.


[Ramon Alcoberro – Intervención en un debate sobre Hegel, en la sección de filosofía del Ateneu Barcelonès, mayo 2009]



 

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