Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

DIÓGENES De SÍnope

La naturaleza excepcional de la vida de Diógenes genera muchas dificultades para determinar la historicidad de las narraciones que se nos han transmitido sobre el filósofo cínico que vivía en un tonel. Leyenda e historia se mezclan, siempre e inevitablemente, en cualquier biografía que pretenda escribirse sobre él. Diógenes era un ciudadano de Sinope que huyó o fue desterrado debido a un problema de manipulación de moneda. Él (o su padre) falsificaron la moneda de la ciudad y el futuro filósofo se vio obligado a huir para siempre. El hecho, por extraño que parezca, parece fehaciente y acreditado. Gracias a la evidencia numismática, la adulteración de la acuñación de Sínope es un tema sobre el cual hay certeza y no solo resulta una leyenda, como se pensó durante siglos. Sin embargo, los detalles de la falsificación son más complicados de narrar: “Diocles dice que como su padre tuviese Banco público y fabricase moneda adulterina, huyó Diógenes. Pero Eubúlides, en el libro De Diógenes, afirma que el mismo Diógenes fue quien la hizo, y salió desterrado con su padre. Aun él mismo dice de si en el Pórdalo que fue falsificador de moneda” (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más Ilustres; VI, 20). Ya fuese Diógenes o su padre quien desfiguró la moneda, y por cualquier razón que lo hayan hecho, el acto llevó al exilio de Diógenes en Atenas, donde se dedicó a la filosofía en un momento de clara crisis de la Ciudad. De hecho, Diógenes será el más claro exponente de esa crisis.

La biografía de Diógenes no aclara demasiado las razones de la falsificación. Por ejemplo, una historia afirma que el oráculo de Delfos instó a Diógenes a adulterar la moneda política, pero que éste lo entendió mal y desfiguró la moneda del estado (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más Ilustres; VI,20). Una segunda versión cuenta que Diógenes viaja a Delfos y recibe este mismo oráculo después de que ya había alterado la moneda, convirtiendo su crimen en una vocación. Por lo demás, es cuestionable incluso si Diógenes alguna vez consultó al oráculo; el consejo de que Delfos le dio es, curiosamente, cercano al propio mandato de Sócrates, y el entrelazamiento de la vida y la leyenda en el caso de Diógenes es igual de sustancial que en el del maestro de Platón.

Una vez en Atenas, Diógenes tomó una tina o pithos por morada y ese dato puede ser cierto o tener un valor simbólico –como expresión de un desapego radical ante las convenciones. En las Vidas de los filósofos más Ilustres, se nos cuenta que Diógenes: “Habiendo escrito a uno que le buscara un cuarto para habitar, como éste fuese tardo en hacerlo, tomó por habitación la cuba del metroo, según él mismo lo manifiesta en sus Epístolas. Por el estío se echaba y revolvía sobre la arena caliente, y en el invierno abrazaba las estatuas cubiertas de nieve, acostumbrándose de todos modos al sufrimiento” (Diógenes Laercio, VI, 23). Al parecer, Diógenes descubrió que no tenía necesidad de un refugio convencional, ni de ningún otro, por haber visto un ratón. “Observando un ratón que andaba de una a otra parte (lo refiere Teofrasto en su Mégárico), sin buscar reposo, sin temer la oscuridad ni anhelar ninguna de las cosas a propósito para vivir regaladamente, descubrió el remedio a su indigencia” (VI, 21). La lección que le enseña el ratón es la de ser capaz de adaptarse a cualquier circunstancia.

Esa legendaria historieta y la vinculación de Diógenes con otros animales es obvio que implicaba una lección moral de simplicidad radical – con independencia de que pueda haber sido algo que ocurrió realmente. Diógenes reivindica la simplicidad y eso le hace aparecer como un mendigo ante la sociedad. Para Diógenes, en todo caso, la mendicidad es una práctica filosófica en si misma. Todos los cínicos fueron mendigos y practicar la mendicidad era como un signo de ingreso en la vida cínica radical. Ser mendigo no es vergonzoso; vivir sin familia, sin casa y sin ciudad y abandonar todas las posesiones (incluso a veces la ropa) es también una muestra de autodominio y de control de uno mismo frente a la necesidad y la fortuna. Aprender a vivir con el mínimo de recursos posibles (los cínicos no comían carne) es una forma de endurecerse y de no depender de la organización social ni del trabajo. El mendigo, finalmente, es un ser libre.

Sobre su introducción a la filosofía, Diógenes Laercio informa que Diógenes de Sinope “Habiendo llegado a Atenas, se encaminó a Antístenes; y como éste, que a nadie admitía, lo repeliese, prevaleció su constancia. Y aun habiendo una vez alzado el báculo, diciendo “Golpea, que no hallarás leño tan duro que de ti me aparte, con tal que enseñes algo. Desde entonces quedó discípulo suyo, y como fugitivo de su patria, se dio a una vida frugal y parca” (6, 21). Aunque este relato sea muy posiblemente apócrifo, especialmente dadas las fechas probables de la llegada de Diógenes a Atenas y la muerte de Antístenes, respalda la percepción de que los fundamentos de la práctica filosófica de Diógenes se basan en Antístenes. Conviene, en todo caso puntualizar que el cinismo no es una “escuela” (no tiene academia, ni dogmas), sino más bien un movimiento en el ámbito del pensamiento o una estética vital.

Un episodio importante, aunque posiblemente inventado, en la vida de Diógenes se centra en su esclavitud en Corinto después de haber sido capturado por piratas. Cuando se le preguntó qué sabía hacer, el filósofo respondió "Gobernar a los hombres", que es precisamente lo que hizo una vez que compró Jeniades. Fue puesto a cargo de los hijos de éste, que aprendieron a seguir su ejemplo ascético. Una historia cuenta la liberación de Diógenes después de haberse convertido en un miembro preciado de la familia, otra afirma que Jeniades lo liberó de inmediato, y otra más sostiene que envejeció y murió en la casa de Jeniades en Corinto, donde se exhibía una tumba del filósofo. Cualquiera que sea la versión auténtica (y, por supuesto, todas pueden ser falsas), el propósito es el mismo: lo que se no dice es Diógenes, el esclavo, es más libre que su amo, a quien convence con razón de someterse a su obediencia, porque la sabiduría es más importante que el poder.

Aunque la mayoría de los relatos coinciden en que vivió hasta una provecta ancianidad, algunos sugieren que vivió hasta más de los noventa, los relatos de la muerte de Diógenes no son menos variados que los de su vida. La posible causa de muerte incluye un suicidio voluntario al contener el aliento, una enfermedad provocada por comer pulpo crudo o la muerte por mordedura de perro. Dado de cada una de estas versiones parece alegórica, es más probable que muriera de vejez.

 

La práctica filosófica: un Sócrates que se ha vuelto loco.

Cuando se pregunta a Platón qué tipo de hombre es Diógenes, respondía: "Un Sócrates se ha vuelto loco" (Diógenes Laercio, VI, Capítulo 54). El dicho de Platón es significativo, ya que la versión que Diógenes da de la filosofía socrática es tan sumamente peculiar que ha sido frecuentemente considerada como una degradación. Algunos eruditos han entendido el pensamiento de Diógenes como una versión extrema de la sabiduría socrática; un antiintelectualismo que representa un momento fascinante, aunque crudo, en la historia del pensamiento antiguo; pero que no debe confundirse con el serio asunto de la filosofía. Esta lectura está influenciada por la mezcla de desvergüenza, de mala leche y de fascinación que constituye el enigma de la biografía de Diógenes.

   El sentido de la desvergüenza de Diógenes se comprende mejor en el contexto del cinismo en general. Específicamente, los cínicos mantienen la convicción de que si se observa la naturaleza se halla el principio universal de la razón. Un principio básico que siempre mantuvieron los cínicos es el de afirmar que si un acto no es vergonzoso en privado, ese mismo acto no se convierte en vergonzoso al realizarse en público. Un ejemplo bien conocido es el de su comportamiento indecente en el mercado, al que respondió "deseaba que fuera tan fácil aliviar el hambre frotándose el estómago vacío" (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más Ilustres, VI, 46).

   Se le tomaba por un loco por actuar al margen o en contra de las convenciones sociales y morales, pero Diógenes señala que son las convenciones las que carecen de razón: "La mayoría de las personas, diría, están tan locas que un dedo marca la diferencia". Porque si sigues con el dedo medio estirado, alguien pensará que estás loco, pero, si es el meñique, no lo pensará "(Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más Ilustres, Libro 6, Capítulo 35). En sus fragmentos filosóficos, la razón claramente tiene un papel que desempeñar, pero no se encuentra en el mundo inteligible, sino que está a pie de calle. El pensamiento se engendra en la vida. Diógenes "decía que su ordinario modo de pensar era que ‘en esta vida, o nos hemos de valer de la razón o de la soga’”. (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Libro 6, Capítulo 24). Lo razonable es luchar por la “autarquía”, por el propio dominio sobre uno mismo. Para Diógenes, cada individuo debe permitir que la razón guíe su conducta o, como un animal, tendrá que ser guiada por una correa. La razón lo aleja de los errores y hacia la mejor manera de vivir la vida. Diógenes no desprecia el conocimiento como tal, sino las pretensiones de conocimiento que no sirven para nada.

Es especialmente despreciativo con el uso retórico de los sofismas y las anécdotas (khreiai en griego), algunas de las cuales resultan bastante crueles a ese respeto, son muy claras. Así Diógenes refutó el argumento de que una persona tiene cuernos, con el solo acto de al tocarse la frente y, de manera similar, respondió a la afirmación de que no existe tal cosa como el movimiento, simplemente caminando. Disputa con las definiciones platónicas y de ello surge una de sus historietas más memorables: “Habiendo Platón definido al hombre como “Animal de dos pies e implume”, y siendo celebrado por ello, tomó Diógenes un gallo, quitóle las plumas, y lo metió en la escuela de aquel, diciendo: “Este es el hombre de Platón”.  Y así se añadió a la definición: “con uñas planas”. (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Libro 6, Capítulo 40). Diógenes es un duro crítico de Platón; fue un materialista que despreciaba las sutilidades metafísicas y, por lo tanto, señala una clara ruptura con un modelo de ética principalmente teórica.

El talento de Diogenes para socavar las convenciones sociales y religiosas y subvertir el poder político puede tentar a los lectores a considerar su posición filosófica como meramente negativa. Dar la bienvenida a la miseria para vivir según la verdad, forjarse en circunstancias adversas para reforzar su juicio moral –como hizo Diógenes–, puede ser considerado una especie de nihilismo. Esto sería, sin embargo, un error. Diógenes es claramente polémico, pero lo es por promover la razón y la virtud – no por negarlas. Al final, para un humano, estar de acuerdo con la naturaleza (por brutal que ella pueda parecernos) es ser racional, ya que forma parte de la naturaleza de todo ser humano actuar de acuerdo con la razón. Diógenes, sin embargo (y posiblemente también nosotros con él) tenía problemas para encontrar tales humanos puramente racionales, y expresaba sus sentimientos con respecto a esa dificultad teatralmente en más de una anécdota. Así se cuenta que Diógenes “Se pasaba a pleno día con un candil y decía: ‘Voy buscando a un hombre’” (Diógenes Laercio, Vidas de los filósofos más ilustres, Libro 6, Capítulo 41).

Para los cínicos, la vida de acuerdo con la razón se vive de acuerdo con la naturaleza, y por lo tanto, es mejor y más grande que los límites de las convenciones sociales y que la polis. Además, los cínicos, como los socráticos, afirmaban es que solo la vida sometida a examen es la vida que vale la pena vivir. Como un exiliado sin hogar, dinero y con una sospechosa reputación a cuestas, Diógenes experimentó mayores desgracias que las que los trágicos escriben, y sin embargo practicando un estilo de vida ascético insistió en que vivió la buena vida, porque vivir bien es hacerlo de acuerdo a la racionalidad y sin autoengaños.

 

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay