Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

Diógenes el Cínico, ecologismo y decrecimiento

 ¿Puede el cinismo antiguo iluminar el mundo actual? Algunos filósofos del ámbito de la ética ambiental (particularmente el pensador francés Étienne Helmer, de la Universidad de Puerto Rico) han querido vincular a Diógenes con el pensamiento ecologista, por su crítica al consumo –  y más específicamente a la vanidad del consumo. El autocontrol de las pasiones y la ironía cínica puede ser herramientas de crítica significativos para una sociedad que vive para el derroche. El decrecimiento ecológico no está tan lejos de la simplicidad, la «euteleia» de Plutarco, que también predicaba el cinismo antiguo.

La tesis básica del decrecimiento es muy intuitiva: en un planeta con recursos naturales cada vez más limitados, no puede hacerse un consumo desaforado de energía porque eso conduce pura y simplemente a la extinción de la especie. El crecimiento infinito no resulta posible en un mundo finito. ¿Cómo encaja esa observación ecologista con el pensamiento de Diógenes, que al fin y al cabo era un griego de hace más de 2400 años, cuando básicamente ninguno de los problemas tecnológicos de la modernidad se había ni siquiera planteado? De entrada, lo que vincula a Diógenes con las posiciones del ecologismo y del decrecimiento es la tesis de la simplicidad. Tanto el ecologismo y las teorías contemporáneas del decrecimiento como el cinismo de la época griega implican una crítica en profundidad de la riqueza material, del poder y de la gloria humana. Y el otro gran punto de encuentro entre ambos es su impugnación del sistema dominante. Si el cinismo, por definición, no colabora con el poder constituido y lo encuentra ridículo e incluso suicida, también el ecologismo y, especialmente, la teoría del decrecimiento, resulta incompatible con las formas actuales del capitalismo y con la globalización.

El cinismo, como el ecologismo, no es solo un discurso teórico, es también una sensibilidad, una estética vital y una opción vital que exige un compromiso personal y cotidiano. Tanto en el movimiento ecologista contemporáneo como en el antiguo cinismo griego son los pequeños gestos (incluso las «performances») lo que finalmente puede resultar decisivo para cambiar la vida. La renuncia voluntaria está en la base del cinismo y en la del ecologismo contemporáneo, que coincide con Diógenes cuando éste afirma que: “el amor al dinero es la patria de todos los males” (DL., V,50).

Según dice Diógenes Laercio (VI, 21), Diógenes llevó una vida «frugal y parca» y el movimiento ecologista nos proponen exactamente eso mismo: una vida de frugalidad voluntaria, de renuncia lo superfluo, a lo excesivo, a lo puramente externo, para descubrir en la reflexión sobre uno mismo lo esencial y auténticamente humano. El autodominio de Diógenes (que murió tal vez con cerca de 90 años) es un modelo también para la vida de nuestros contemporáneos. La reivindicación de la autosuficiencia de la igualdad absoluta y de una cierta autarquía unen a los cínicos antiguos y los ecologistas y decrecentistas actuales por encima de los siglos.

«Según los cínicos, hay que llevar una vida de perro para levantarse por encima del resto de los hombres; hay que renunciar a lo que creímos erróneamente que hace de nosotros hombres, para volver a ser verdaderamente hombres» (Helmer, p. 11).

En la filosofía griega desde Platón y Aristóteles se elogiaba la moderación (entendida como autodominio, comportamiento ascético) y se denunciaba la «pleonaxia», la patológica voluntad de poseer cada vez más que engendra alienación. Diógenes dio un paso más en esta denuncia de la artificiosidad. No solo criticaba la acumulación de honores, placeres y bienes materiales, sino sobre todo el conformismo que deriva de ello y que aleja al hombre de su naturaleza.  El rechazo –incluso el menosprecio– del lujo es también una característica muy obvia de los cínicos. El cinismo es un modo de vida cuyos ideales postulan un regreso a la naturaleza, una crítica radical de lo que significa un mundo basado en la acumulación y una reivindicación de la autosuficiencia, como garantía de la libertad personal. La pobreza material de los cínicos se acerca también mucho a la simplicidad voluntaria que defiende el movimiento ecologista actual. De hecho, la autosuficiencia es también para el movimiento ecologista y por el decrecimiento, una de las claves de la libertad personal y la base de formas de colaboración mutua no sometidas a las reglas del capitalismo.

Helmer insiste también en la crítica que los cínicos hacen del «nomos», o lo que mismo, de «la ley en el sentido del conjunto de leyes positivas, pero también de las costumbres y de las instituciones que dan forma a la manera de pensar, de juzgar y de actuar» (p. 28). Como el cinismo antiguo, también el ecologismo es una crítica de las leyes y costumbres que nos llevan a una forma de vida antinatural y, en consecuencia, autodestructiva. Cínicos y ecologistas no son necesariamente pesimistas; no están en contra de la vida sino del «malvivir» agresivo, triste y violento que deriva de unas sociedades organizadas para producir infelicidad porque buscan aumentar el placer de forma antinatural, con lo que solo consiguen añadir dolor. Cuando las necesidades sociales (el prestigio, el poder) pasan por encima de las necesidades puramente naturales, el dolor resulta inevitable.

Los cínicos proponen, como los ecologistas y como el actual movimiento por el decrecimiento, lo que ellos denominaban la «euteleia», es decir, una «vida sencilla», porque el desarrollo y la tecnología no son las únicas opciones pera llevar a cabo una vida plenamente humana. «Euteleia» en griego antiguo era también una cosa de poco valor y reivindicar lo que pocos valoran, lo simple, lo «euteleités» (lo que se desprecia), es una de las obsesiones del pensamiento ambientalista. Limitar las necesidades de los humanos, educar las emociones, evitar la violencia institucional de los gobiernos, propugnar un acceso racional a los recursos, en vez de monopolizarlos, etc., sería un programa que cínicos y decrecentistas ecológicos compartirían con toda seguridad. De hecho, la famosa «autarquía cínica», podría definirse en términos similares a estos. El objetivo es lograr lo que Helmer describe como «la capacidad de satisfacerse con un mínimo para no depender de ninguna otra ley que la de la naturaleza» (p. 46). La autarquía (autosuficiencia) de los cínicos no estaría muy distante de esta solución – aunque obviamente la adiaphoría (indiferencia) que también es un sentimiento muy propio de los antiguos cínicos no forma parte – más bien todo lo contrario– del bagaje del decrecentismo y el ecologismo actual.

Regresar a la «phisis», a la naturaleza, entendida como única fuente realmente valiosa de la vida humana y criticar las convenciones artificiales, las leyes políticas, «nomos», que crean frustración en la sociedad y en los individuos es un principio común al pensamiento ecologista y a los antiguos cínicos. Otros tres elementos que el decrecimiento ecológico contemporáneo y el antiguo cinismo tienen en común son (1) la reivindicación de la pobreza o, mejor, de la «simplicidad voluntaria», como norma de vida. Menos es más si evita que los humanos se conviertan en esclavos de sus posesiones y lleven, en consecuencia, una vida infeliz. La aparente pobreza cínica y el rechazo del lujo se hallan en el núcleo mismo de la propuesta de vida que hace Diógenes y es también un punto central de concepción ecológica del mundo. Eso implica también (2) una crítica del trabajo como alienación. Los cínicos reducían el trabajo a los límites de lo estrictamente natural para subvenir a sus necesidades naturales y el ecologismo denuncia también que el trabajo en las sociedades industriales se ha convertido en ineficiente porque exige cada vez mayor (mal)gasto de energía y produce más infelicidad y sumisión. Decrecer, consumir menos y buscar un tipo de satisfacciones menos groseramente materiales es también una idea que el ecologismo propone como guía de vida.

Finalmente, los cínicos practicaban (3) una economía no mercantilizada, de intercambio, que no hacía para nada ascos, como el propio Diógenes, a la mendicidad. Lo que el ecologismo actual propugna es también una revisión de los criterios mercantiles del neo/post/capitalismo industrial. La economía de intercambio regresa cada vez más, el consumo de proximidad se prefiere al consumo global y se reivindica lo pequeño y «un cuestionamiento radical de los valores (…) en nombre de una vida virtuosa, conforme a la naturaleza» (Helmer, p. 17).

Cinismo y ecologismo contemporáneo tienen un punto informal, desorganizado y constituyen básicamente un síntoma de crisis de un sistema social. En el caso del cinismo era el hundimiento de la «polis», en del ecologismo y el decrecimiento, la economía industrial y el monopolismo. Movimientos de protesta y sensibilidades de momentos de cambio, Diógenes y el ecologismo contemporáneo permiten establecer analogías significativas. La crítica de lo artificioso y de las mediaciones da para mucho. Así, por ejemplo, vincular cinismo antiguo y ecologismo contemporáneo permite repensar en profundidad más de una pregunta. ¿El ecologismo y el cinismo antiguo fueron radicales o simplemente prudentes, teniendo en cuenta lo que veían que se avecinaba en la sociedad y en la política? ¿Lo que a veces se critica como charlatanismo y exageración en los ecologistas actuales y en los cínicos antiguos, fue realmente tal – o simple sabiduría? ¿Serán los encuentros del ecologismo con el poder económico tan estériles como la mítica conversación entre Diógenes y Alejandro?

 

Bibliografía

Etienne HELMER:  Diogene et les cyniques ou la liberte dans la vie simple Éditions le Passager Clandestin, 2014. Col·lecció : Les précurseurs de la décroissance.

 

 

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay