Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

ORWELL Y CHURCHILL

George Orwell admiraba a Winston Churchill y viceversa. No se trataron personalmente, pero Orwell escribió que Churchill había entendido el bolchevismo mejor que el escritor socialista H.G. Wells y su último artículo publicado, escrito en su lecho de muerte, es una crónica elogiosa del segundo volumen de las Memorias del político inglés que, por su parte, consideraba “1984” como una obra maestra.

Uno era un político conservador panzudo y excéntrico. El otro un escritor de ideas socialistas, asténico y flemático.  Ambos escribían y habían sido corresponsales de guerra, uno en Sudáfrica y otro en España. Apreciaban la claridad del lenguaje y odiaban el estilo obscuro, aburrido y pomposo, de la pseudoliteratura. Desde la izquierda (Orwell) y desde la derecha (Churchill), ambos se enfrentaron con su propio bando y tenazmente mantuvieron opiniones propias, aunque eso les costara más de un disgusto y mucha incomprensión. No se conocían, pero se habían leído y el libro CHURCHILL&ORWELL, THE FIGHT FOR FREEDOM, de Thomas E. Ricks (Penguin, 2017) documenta la mutua fascinación.

Evidentemente hay un elemento de ironía en que el dictador de 1984 se llame Winston (como Churchill) en una época en que todos los políticos, salvo él, eran conocidos por su apellido. También es irónico pensar que si Orwell hubiese muerto por la bala que le atravesó el cuello en Catalunya en 1937 hoy no le conocería nadie (o solo los eruditos y expertos varios en autores menores). Tampoco Churchill hubiese pasado a ninguna historia, ni siquiera a la de Inglaterra, sin su liderazgo en la II Guerra Mundial.

Orwell siempre fue un tipo raro, y él mismo se denominaba “anarquista conservador”. Odiaba cualquier tipo de poder y reivindicaba la individualidad, pero tampoco soportaba el nihilismo y la destrucción como principio político, más allá de lo estrictamente imprescindible para destruir un mundo hipócrita. En la escuela sufrió la violencia de sus profesores y el acoso de sus compañeros de aula. Muy posiblemente desde la más temprana edad su obsesión fue comprender el poder y la violencia absurda que lleva consigo. Educado en Eton, Orwell estuvo obsesionado toda su vida por los obreros y vivió como un desclasado. No hay que descartar que si se hizo policía en Birmania fuese porque quería ver cómo funcionaba el poder por dentro. Y su vagabundeo miserabilista por los bajos fondos parisinos tiene mucho que ver con los mecanismos psicológicos de expiación de una supuesta culpabilidad.

Tanto Churchill como Orwell eran dos “originales” que detestaban la docilidad y la sumisión. Surgidos de la clase alta (altísima, si cabe decirlo, en el caso de Churchill); ambos entendían que un mundo liberal se estaba acabando y que el principal problema social del siglo XX sería el de la preservación de la libertad y de los derechos de la individualidad en una época de masas. Mientras que para sus contemporáneos el conflicto político giraba en torno de la cuestión de la propiedad, y se expresaba en términos de clase, Orwell y Churchill tuvieron el valor de afirmar que el problema primordial de nuestra época era el de la relación entre el individuo y el Estado, porque en la medida en que se convierte en máquina, el Estado se vuelve totalitario. Lo que movió a Churchill y a Orwell era un deseo profundo de preservar la libertad humana frente al totalitarismo. Frente a un Estado cada vez más más intrusivo en la vida de las gentes, ambos se batieron por la defensa de los principios básicos de la democracia liberal: la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la libertad de reunión. Su individualismo fue poco apreciado en una época en que el Estado se estaba convirtiendo en un regulador total y absoluto de la actividad humana, pero resultó profético.

Churchill conocía lo suficientemente bien la aristocracia inglesa de su tiempo como para saber que las élites estaban en crisis y para distanciarse de las tendencias favorables al fascismo que en su momento fueron muy mayoritarias entre las clases altas. Orwell que llegó a Barcelona como un izquierdista clásico de la década de 1930, se deshizo de todos los tópicos en la Catalunya republicana. Descubrió que el conflicto entre derechas e izquierdas se daba también dentro de la propia izquierda y regresó a Inglaterra decepcionado radicalmente con el comunismo estalinista. Orwell entendió que el fascismo y el comunismo tenían muchos puntos en común, empezando por el desprecio a la verdad y por su oposición a la libertad personal. Tanto “1984” como “Rebelión en la granja” son los alegatos más formidables del siglo XX contra el totalitarismo, venga de donde venga. Y es obvio que el estalinismo entendió perfectamente que la crítica de Orwell iba mucho más allá de cualquiera otra, porque impugnaba a la totalidad del sistema. Al afirmar que en la sociedad comunista “todos los hombres son iguales, pero algunos son más iguales que otros”, Orwell iba mucho más allá de la crítica política circunstancial. Resumió en una sola frase lo que era la burocracia de los partidos comunistas, que oprimían antes que nada a su propia gente. Desde que hace algunos años se abrieron los archivos del KGB sabemos que, poco después de su huida de España, el KGB condenó a muerte a Orwell y a su esposa por desviacionismo trotsquista y por traición – algo que el escritor siempre ignoró.

Frente al fascismo, como frente al comunismo, Orwell y Churchill eran decididos partidarios del “crimental” que significa pensar por sí mismo ante cualquier Big Brother. Defendieron sus principios, básicamente por razones morales, incluso cuando en su propio campo resultaban poco populares o casi incomprensibles. Lo que les distingue es su capacidad por pensar contra la época y para entender que una serie de valores morales que dan sentido a la existencia no pueden ser relativizados a ningún precio. Ni siquiera al precio de una posible guerra mundial que el último Orwell juzgaba inminente. La cuestión universal del abuso de poder y de la libertad como exigencia se plantean en la obra de Orwell de una manera radical. Después de la caída del muro de Berlín hemos podido comprender con mucha más profundidad la naturaleza de la acción política de Churchill, enfrentándose al totalitarismo, y el sentido de la crítica moral de Orwell al desmenuzar el funcionamiento de las sociedades totalitarias.

Pero Orwell no es solo un crítico de totalitarismos pasados. En la década de 1980 el neoconservador Norman Podhoretz puso de moda la hipótesis de que, si viviese hoy, Orwell sería un neocon y que el tema principal de su obra era la incapacidad de la izquierda. Pero Orwell siempre se situó a la izquierda y fue también la izquierda la que sostuvo a Churchill contra Hitler cuando la aristocracia inglesa (empezando por el heredero de la corona británica) quería plegarse al nazismo. En la época de Internet y de las redes sociales la obra de Orwell toma un nuevo sentido. El control social está creciendo cada vez y cuenta con herramientas cada vez más poderosas. La “policía del pensamiento” vigila nuestra buena conducta ideológica tanto en Irán como en la red y no duda en castigarnos en casos de “mal comportamiento” infiltrándose en nuestro correo electrónico si es preciso. Cuando el Estado se vuelve más y más intrusivo en la vida privada de los ciudadanos y la tecnología del big data está poniendo la libertad y la individualidad otra vez en un grave peligro, leer a Orwell se está convirtiendo en una imperiosa necesidad. Manipulación del lenguaje, totalitarismo, control de los individuos… Orwell lo había anticipado.

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay