Filosofia i Pensament Ramon Alcoberro amb la col·laboració de Júlia Torres i Canela

INTRODUCCIÓN A (lo que he entendido de) ALGUNAS IDEAS DE FRANCO BERARDI, AKA BIFO

Ramon Alcoberro

La pretensión de introducir algunas ideas que muy posiblemente no he entendido tiene algo de irónico y de absurdamente jactancioso. Hay ideas de Franco Bifo Berardi que no entenderé jamás o que he entendido mal. O que tal vez me resisto a entender porque uno ya está viejecito y a los viejos a partir de cierto momento dejan de interesarnos las ideas incompatibles con la pensión de jubilación. Pero por lejano que me encuentre de sus posiciones, su análisis social tiene aspectos realmente significativos, incluso si bastantes de sus hipótesis me resultan lejanas y otras me parecen excesivas.

Franco Bifo Berardi (Bolonia, 1949) es uno de los pensadores más significativos de la llamada nueva izquierda italiana que deriva del operaismo del post 68 (es decir de las reflexiones de los grupos a la izquierda del PCI que abogaban por un cierto espontaneísmo político) y en la solapa de alguno de sus libros se le define como escritor, filósofo, activista y psiconauta. Escritores hay muchos y filósofos demasiados. Lo significativo en Berardi es que sea, además de teórico, un activista que incluso ha conocido épocas de exilio (pocos filósofos prueban en la acción el significado de sus ideas). Especialmente me resulta muy interesante que él pueda definirse sin complejos como “psicoanauta”, que es una manera elegante de decir que se ha interesado por los intrincados vericuetos del psicoanálisis en su relación con la práctica política. El análisis y la politización de la categoría de “deseo” (de Spinoza a Deleuze con parada y fonda en Lacan) fue una característica muy significativa del izquierdismo italiano desde 1980, por lo menos, pero Berardi les ha dado una implicación de “razón práctica” que lo hace especialmente sugestivo.

Filosóficamente la interacción entre la política y el deseo tiene algo de extraño y de marginal, porque la política clásica se entiende habitualmente como gestión de intereses, como búsqueda del bien común o como lucha por el reconocimiento, pero cuando la política se vincula con el deseo y la subjetividad es muy fácil caer en un emotivismo fácil o en un populismo vulgar – extremos ambos que Berardi sabe evitar con extraordinaria lucidez.

En cualquier caso, a Berardi conviene leerlo pensando que la ingenuidad mata (pero sabiendo que la bondad ha matado mucho más, ¡los buenos son así!). Da lo mismo si el lector sonríe ante todos los anuncios del Apocalipsis que abundan en su obra, y que resultan difícilmente creíbles, incluso si todos sabemos que es cierto que al Apocalipsis cada día le falta un día menos para llegar.

Confieso que lo que me parece menos interesante en su obra es el carácter apocalíptico que chorrea a borbotones en sus libros. Según lo que escribió el mismo Berardi en su contribución al polémico libro colectivo SOPA DE WUHAN (2020), que recogió algunas ideas bastante curiosas de la izquierda (supuestamente) radical al inicio de la pandemia de covid-19, resultaría que:

La Tierra ha alcanzado un grado de irritación extremo, y el cuerpo colectivo de la sociedad padece desde hace tiempo un estado de stress intolerable: la enfermedad se manifiesta en este punto, modestamente letal, pero devastadora en el plano social y psíquico, como una reacción de autodefensa de la Tierra y del cuerpo planetario.

Berardi, por desgracia, no es un buen lector de Demócrito, el padre del materialismo. Parece no darse cuenta de que la tierra siempre ha sobrevivido a sus enterradores y al cabo anunciar jeremiadas como «la guerra civil global» y el «apagón de la sensibilidad» es algo que se lleva haciendo desde el principio de los tiempos… Para no caer víctimas de la ingenuidad política (o del pesimismo cósmico reaccionario) es bueno saber que siempre se agotan un mundo (y una vida) pero el mundo y la vida se reinventa cada vez, aunque nadie sepa muy bien cómo lo logra, la muy hija de la gran chingada.

Tal vez la influencia más significativa que pesa sobre la obra de Berardi sea la de Günther Anders, el primer marido de Hanna Arendt del que ella se divorció porque lo consideraba el hombre más pesimista del mundo. Como Anders, también Berardi cree que el nazismo no es una época histórica superada, o que está detrás de nosotros, sino que es nuestro futuro y que llegará de la mano de la informática y de los algoritmos que realizan en sueño de la sociedad de control perfecta. En este sentido el pesimismo de Berardi es también total. Pero, aunque estemos en un «momento Anders de la historia del mundo», como escribió Berardi en un artículo publicado ante la invasión de Ucrania por la Rusia de Putin y titulado ni más ni menos que “Desertad” (2022), lo cierto es que después de Günther Anders y de su clásico La obsolescencia del hombre difícilmente el pesimismo puede alcanzar cotas más altas y Berardi, por suerte para todos, mantiene un punto de confianza en la creatividad humana del que Anders carece.

Como lector, no creo que la salida del laberinto político se pueda encontrar en la literatura ni, menos aún, en la poesía, porque la poesía no ha sido nunca una forma de reconciliación con el mundo, como quisieron creer algunos simbolistas.  Creer que el lenguaje tiene la capacidad de convertir en armónico lo terrible siempre pude ser útil como consuelo, pero esa ha sido una receta que fracasa prácticamente siempre. Por lo demás Berardi, que no es ningún ingenuo, sabe bien que la poesía no transforma el mundo, sino la percepción del mundo – lo que siendo de por sí muy importante, no es exactamente lo mismo.

Tampoco tengo mucha esperanza en el poder transformador del “precariado cognitivo”, es decir, de los grupos de jóvenes que han salido de la universidad con alguna titulación de letras que no ejercerán nunca profesionalmente y que, más bien, les condena a servir copas en un bar y a vivir resentidos. En la fragilidad del proletariado cognitivo, que vive en la provisionalidad, él ha buscado alguna vez una esperanza de transformación social, para reconocer finalmente la imposibilidad de erigir un sujeto transformador en la sociedad Con todo hay que reconocer que Berardi fue también uno de los primeros analistas críticos de las redes sociales (y de los más lúcidos, también hay que decirlo) y uno de los primeros en entender lo que iba a significar a partir mediados de la década de 1980-90, la aparición de una nueva clase social de universitarios precarios y hundidos hoy en un nihilismo cyberpunk.

 

Capitalismo, emociones y cyberpunk.

En cualquier caso, según Berardi hemos entrado en una «época de desarraigo» en que «la metrópolis es un laberinto sin centro» y «Dobbiamo ragionare in termini di línea di fuga, in termini di secessione e di essedo dal destino universale» (MUTAZIONE E CYBERPUNK, 1994, p. 102). Si eso es posible o no lo dejo al juicio pacífico (o no pacífico) del astuto lector.

EL SABIO, EL MERCADER Y EL GUERRERO. DEL RECHAZO DEL TRABAJO AL SURGIMIENTO DEL COGNOTARIADO (ed. orig, 2014, ed. esp. Acuarela Libros, 2007) fue una brillantísima descripción de las transformaciones culturales y sociopolíticas desde el 68 hasta el cambio de siglo, vistas desde la izquierda y, tal vez, Berardi fue el primero, junto a Theodore Kaczynski, en comprender como la psicología y la debilidad emocional iban a estar en el centro de la dominación política. Su libro digamos clásico, DESPUÉS DEL FUTURO. DEL FUTURISMO AL CIBERPUNK. EL AGOTAMIENTO DE LA MODERNIDAD (hay edición española, Enclave de libros, Madrid, 2014) es una mina de sugerencias. Incluso sus errores han acabado siendo muy significativos tal vez porque lo que proponía no era un enfrentamiento directo con el capitalismo sino algo mucho más productivo.

A través de la obra de Berardi se puede entender que el capitalismo no es solo un sistema económico y que incluso puede que no sea ni un sistema económico porque no se fundamenta desde hace más de un siglo ni en el mercado, ni en la propiedad privada, ni en la libre competencia liberal. Que el capitalismo haya provocado un crecimiento frenético de la economía y (a la par) de la miseria emocional obliga a entenderlo, por lo menos, como una estructura inseparablemente económica y psíquica. En MUTAZIONE E CYBERPUNK (1994) fue de los primeros en darse cuenta de que a la par de que el capitalismo ha completado la colonización de la vida cuotidiana también ha producido una «epidemia mental contemporánea» (p. 52), «una especie de epidemia que se manifiesta en el ciclo pánico-depresión-angustia» (p. 53). Por eso mismo el capitalismo no puede entenderse solo desde la economía y se necesita de la psicología para comprender su estructura profunda.

Berardi denomina «composicionismo» a lo que le parece la forma más correcta de comprender el capitalismo. El capitalismo no sería un sistema económico, ni una forma de organizar el trabajo o las relaciones humanas sino una composición democritana de átomos, de hechos y de valores que adquieren formas en apariencia caóticas («El caos es una forma de mundo demasiado compleja como para poder elaborarla con las categorías de las que disponemos». El sabio, el mercader y el guerrero, p. 34): la filosofía, la política o el arte son formas de intentar comprender ese caos, cuyo origen habría que buscar en la misma estructura psicológica (emocional) de los humanos.

El capitalismo es un uso económico del deseo de acumulación, es algo muy primitivo, una pulsión de consumo incesante, una fuerza inconsciente asentada en la psique humana y un sistema de legitimación del deseo de acumulación mucho más complejo incluso que la producción y distribución de mercancías en el mercado.  En este sentido es una fábrica de la infelicidad.

Podemos responder de dos formas muy diferentes, tal vez opuestas, a la pregunta “¿qué es la riqueza?”. Podemos valorar la riqueza por medio de la cantidad de bienes que podemos consumir, o bien por medio de la calidad del goce que la experiencia puede producir en nuestro organismo. En el primer caso la riqueza se identifica con una cantidad objetivada, en el segundo con la calidad subjetiva de la experiencia (La fábrica de la infelicidad, p. 66).

En este sentido el capitalismo no es algo que pueda ser abolido, sino algo con lo que necesariamente toparemos siempre porque incluso los esfuerzos del socialismo más revolucionario (pongamos que hablo del leninismo) han acabado siendo puro capitalismo – e incluso algo peor, una dictadura brutal, sádica y estrictamente oligárquica, como se ha visto en Rusia y China. Simplemente no hay un “a fuera” del capitalismo. El capitalismo es lo-que-nos-hace-pensar; es una fuerza brutal (y que llevamos dentro, incorporada a nuestro aparato psíquico) que nos empuja hacia el consumo, hacia la irracionalidad y hacia la autodestrucción humana. Lo que puede intentar y moralmente “debe” intentarse en un pensamiento transformador (llámese “revolucionaria” a esa forma de pensar y de vivir). es entenderlo en su complejidad, des/centrarlo y considerarlo como un conjunto de fuerzas necesariamente inestables que pueden ser confrontadas, aunque tal vez eso solo logre que se reajuste y que se transforme sin dejar de ser otra de las muy diversas y casi infinitas cabezas del dragón.

Lo que podemos proponernos no es en realidad abolir el capital – que querría decir abolir una función cognitiva, una modalidad de semiotización encarnada en el cerebro de una sociedad – sino desplazar constantemente su equilibrio, impedir su estabilización y, por tanto, impedir que se consolide una forma de poder inmóvil, cuando el contenido productivo está en constante mutación. (La fábrica de la infelicidad, p. 57).

Hoy no vivimos en el capitalismo industrial, sino en una nueva fase que se ha denominado capitalismo cognitivo, cuya pretensión (es decir la manera como maniobra el capitalismo para seguir logrado su expansión no solo económica sino psicológica y emocional) es identificar trabajo (y autoexplotación) con goce. Pero, inevitablemente, la expansión de la esfera económica coincide con una reducción de la esfera erótica (La fábrica de la infelicidad, p. 67). De esta manera el infotrabajador vive en la ansiedad, «porque la comunicación pierde su carácter de gratuidad, de placer, de contacto erótico y se transforma en necesidad erótica, fingimiento sin placer» (La fábrica de la infelicidad, p. 72). En la fase del capitalismo cognitivo «cuanto más potente y rápida es la máquina digital, menos capaces se vuelven los seres humanos de descifrar racionalmente y de gobernar políticamente su entorno, y más impotentes se vuelven» (El tercer inconsciente). La mutación antropológica, y particularmente psíquica que implica esta época de tecnología informacional es un hecho central que define el presente y condiciona el futuro.  Así, «en la esfera del tiempo precario, no se puede formular ningún proyecto de futuro pues el tempo precario no se subjetiva, no deviene sujeto de imaginación, ni de voluntad ni de proyecto» (Después del futuro, p. 154).

Si le he entendido bien lo que sostiene Berardi (y repito todas las veces que sea necesario que no estoy seguro de haberle entendido y mucho menos de haberle entendido bien) es que ya no estamos en un momento que se caracterice por el enfrentamiento de clase por la propiedad social de los medios de producción. El comunismo histórico no fue realmente tal (Stalin o Mao no eran comunistas sino dictadores) y el estatismo solo creó nuevas formas burocráticas (cuyo diseño aprovecharon los Estados capitalistas con más eficiencia). Además, el éxito del capitalismo ha resultado aplastante: nadie muere de hambre, tenemos medicina social y vacaciones pagadas, con lo cual la supuesta clase revolucionaria se ha disgregado o se ha integrado en el sistema. En este sentido, al capital no le ha resultado nada difícil disciplinar a las supuestas clases revolucionarias.

La lucha anticapitalista hoy no se plantea básicamente en términos de subsistencia económica, sino de subsistencia emocional porque la depresión y la angustia son hoy los síntomas y la consecuencia del fracaso de la lucha política. En sus propias palabras: «El futuro se convierte en amenaza cuando la imaginación colectiva se vuelve incapaz de ver posibilidades alternativas a la devastación, el empobrecimiento y la violencia (…) La epidemia depresiva contemporánea se sitúa en un contexto de parálisis de la voluntad, es decir, de precariedad» (Después del futuro, p. 152).

Según Berardi, investigar el inconsciente colectivo resulta más urgente – en tanto que tarea política – que comprender la conciencia de clase. Hoy la categoría de “futuro” no es políticamente significativa. No estamos ante un combate por el futuro de la humanidad (que supuestamente no conocería opresores ni oprimidos), sino ante una lucha protagonizada por sujetos con una supervivencia precaria por el presente, por la pura subsistencia emocional y vital. en un mundo que multiplica el consumo y nos propone formas de felicidad puramente adocenada y borreguil. Lo que el capitalismo nos vende hoy es el abismo, parece decirnos Berardi. Y lo significativo es que lo compramos al encadenarnos voluntariamente a las redes.

Como escribe en DESPUÉS DEL FUTURO:

La modernidad forma un todo con la proyección progresiva del futuro. Modernos son los que viven el tiempo como esfera de progresión hacia la perfección, o cuando menos hacia una condición constantemente mejor, más feliz, más rica, más plena, más justa.

A partir de un determinado momento –que yo identifico con el año 1977– la humanidad comenzó a poner en duda que futuro y progreso fueran equivalentes… (Después del futuro, p. 41)

A partir del momento en que dejó de ser operativa la categoría de futuro (cuando el movimiento punk substituye al hipismo y se entroniza el no future) se acaba también el movimiento obrero, porque la fuerza se pone en manos de la tecnología. La impotencia, la agresividad que nace de la impotencia, es lo que hoy está dando fuerza (y legitimidad) a la extrema derecha. Sin categoría de futuro, la crisis de la izquierda se vuelve del todo inevitable y triunfa el neoliberalismo.

Si se quiere explicar tal comportamiento fracasado, además de indigno, es necesario reconocer que el problema es de orden cultural. A la izquierda le falta completamente, desde hace al menos treinta años, una motivación autónoma, de convicciones teóricas, objetivos, programas. Venido a menos el referente constituido por el campo socialista, que había arrastrado a la izquierda al abismo del estalinismo político y el estatalismo económico, la izquierda no ha sabido hacer nada mejor que subordinarse al proyecto neoliberal. Por vergüenza y autodesprecio, la casta política de la izquierda ha perdido toda razón de existencia autónoma desde los años ochenta. (La sublevación, ed. orig. 2011, p. 52).

En el siglo XXI, Berardi considera que el comunismo no tiene ya nada que ver con el del siglo XX. Hoy nace del nuevo proletariado cognitivo, es decir, de gente también oprimida, pero culta y capaz de entender el significado de la tecnología, que implican una actualización de las condiciones del cambio social. El cognotariado no son los intelectuales (un grupo que simplemente ya no existe porque ya no hay conocedores globales o teóricos de la totalidad), sino los especialistas transversales (gente experta que conoce los detalles, pero no la totalidad de una máquina, y que existen en todos los ámbitos laborales, pero que no están coordinados). Por eso tampoco son específicamente “resistentes”.  Como máximo el proletariado cognitivo siente el miedo ecológico a la extinción planetaria, pero sin tener claro cómo resistir. A Berardi pace que no le interesan las situaciones de resistencia, sino la invención de algo nuevo que tampoco sabe exactamente ni cómo denominar ni qué forma puede llegar a tener más allá de un contenido estético. En su entrevista MUERTE DE LA DEMOCRACIA dice, por ejemplo:

Cuando pensamos que las prácticas artísticas son resistencia, nos encerramos en el interior de un museo a la espera de que algo ahí dentro pueda sobrevivir. La cuestión no está solo en la supervivencia. Muy bien, resistimos y sobrevivimos, pero lo que yo espero de la poesía, del arte, no es el acto de protegerse de la existencia del artista o de un pequeño grupo, ¡no! Es la invención de algo nuevo. (Muerte de la democracia, 2021, p. 41).

En esta entrevista, por lo demás muy interesante, Berardi da por perdidas la democracia (porque la manipulación de la opinión pública y el control de la tecnología no la hacen viable como herramienta de liberación y las utopías (por marginales y abstractas). Eso, obviamente deja muy pocas salidas. Para Berardi, sin embargo, la depresión es una condición del conocimiento y el hecho de la angustia ante el surgimiento del caos permite una especie de terapia paradójica (en el sentido de una terapia como la de Paul Watzlawick que cuando tenía un cliente que le decía que se quería suicidar le incitaba a hacerlo). Evidentemente, suponer que «El apocalipsis nos ayudará a salir de la dictadura capitalista», como declaró a Neus Tomás en eldiario.es (16 de febrero de 2022) es exactamente una estupidez, como la historia de la década de 1930 demostró con una ingenuidad simplemente criminal. Pero es también muy obvio que cuando lo irracional está al mando cualquier cosa es posible (incluso breves momentos de lucidez).

 

Introducir el deseo y el miedo como categoría política

Berardi considera que, en la locura, en el caos, en el pánico, es donde se dan las condiciones de posibilidad que hay que aprovechar en orden a una transformación social. En este sentido a la vez que no hay que negar el miedo, también se trata de problematizarlo. ¿Es eso una ingenuidad y un voluntarismo? Convertir la fragilidad en un principio de goce (en vez de considerarla un principio de renuncia) ¿es posible?, ¿es deseable?

En todo caso, el núcleo mismo del capitalismo es la producción organizada de infelicidad. Como dice en una de las primeras páginas de LA FÁBRICA DE LA INFELICIDAD (ed. esp., 2003):

En el centro de la new economy, entendida como modelo productivo y como discurso cultural, se halla una promesa de felicidad individual, de éxito asegurado, de ampliación de los horizontes de experiencia y de conocimiento. Esta promesa es falsa, falsa como todo discurso publicitario. Impulsados por la esperanza de lograr la felicidad y el éxito, millones de jóvenes trabajadores altamente formados han aceptado trabajar en condiciones de un espantoso estrés, de sobreexplotación, incluso con salarios muy bajos, fascinados por una representación ambigua en la que el trabajador es descrito como un empresario de sí mismo y la competición es elevada a regla universal de la existencia humana. (La fábrica de la infelicidad, p. 10).

Si es cierto que «La cultura neoliberal ha inyectado en el cerebro social un estímulo constante hacia la competencia y el sistema técnico de la red digital ha hecho posible una intensificación de los estímulos informativos enviados por el cerebro social a los cerebros individuales». (La fábrica de la infelicidad, p. 18) entonces la alienación ni se crea ni destruye, solo se transforma. El trabajo de transformación del mundo (antaño llamado “revolución”) solo tiene sentido si es capaz de comprender que el mundo de átomos democritanos (y epicúreos) ha llegado en las condiciones del capitalismo cognitivo a una situación de complejidad realmente peligrosa para la vida humana misma. Desde siempre un punto de infelicidad ha sido un estímulo para el consumo, pero la creación serial de infelicidad hace que el sistema mismo colapse.

El semiocapitalismo es una fábrica de infelicidad también para los vencedores, para los participantes en la economía-red, que corren cada vez más rápido para mantener el ritmo, obligados a dedicar sus energías a competir contra todos los demás por un premio que no existe. Vencer es el imperativo categórico del juego económico (…) Mientras el estereotipo publicitario muestra una sociedad empapada de felicidad consumista, en la vida real se extienden el pánico y la depresión, enfermedades profesionales de un ciclo de trabajo que pone a todos a competir con todos, y culpabiliza a quien no logra fingirse feliz. (La fábrica de la infelicidad, p. 30)

Cuando economía y psicopatología se unen en la concepción de las redes sociales y del trabajo cognitivo, el mundo está ante un grave peligro. Como ocurre con todos los profetas, seguramente Berardi se deja llevar por la lírica y por el ardor, pero eso no significa que el aviso deba desatenderse. La fusión de robótica, economía monopolista, algoritmos y técnicas de control emocional se ha convertido en el principal peligro de la humanidad en las tres primeras décadas del siglo XXI. La relación asimétrica entre economía y vida es, guste o no un problema de supervivencia ecológica y de equilibrio emocional. Hoy es importante entender que estamos ante una crisis de la imaginación social y la obra de Berardi es significativa precisamente porque, pese a su pesimismo nihilista, y a su profetismo un tanto retórico, nos hace más lúcidos en la comprensión de la complejidad emocional del presente tecnológico, cuyas implicaciones políticas tal vez se irán viviendo más dramáticamente en (y después de) la guerra de Ucrania.

 

 

 

 

 

 

© Ramon Alcoberro Pericay