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RESUMEN Y CRÍTICA DE «EL UTILITARISMO»

Nigel WARBURTON


INTRODUCCIÓN

 

‘Maximizar la felicidad’. Esto es una caricatura del utilitarismo pero capta algo que es verdad y central para esa teoría. John Stuart Mill es el filósofo utilitarista más famoso; en su libro EL UTILITARISMO desarrolla y perfecciona la versión menos elaborada de la teoría que había sido expuesta por su mentor, Jeremy Bentham. Para comprender el enfoque de Mill es importante ver en que difiere del de Bentham.

 

 

EL UTILITARISMO DE BENTHAM

 

Para Bentham, la acción moralmente justa es, en cualesquiera circunstancias, la que tiende a la máxima felicidad. Concibe la felicidad como un estado de dicha mental: placer y ausencia de dolor. Cuanto más de esto haya en el mundo, mejor. Da lo mismo cómo se produzca el placer: es famoso el dicho de Bentham de que un juego de taberna vale tanto como la poesía si da lugar a la misma cantidad de placer. Todos los individuos tienen el mismo valor en el cálculo de cuanto placer produce una acción, y la suma total de estados placenteros determina cómo debemos actuar. Esto es el utilitarismo en su versión más simple.

 

Así pues, por ejemplo, si una utilitarista quisiera decidir si legar su dinero a un pariente pobre o dividirlo entre veinte amigos razonablemente acomodados, debería calcular cuánto placer total se producirá en cada caso. Aunque la herencia podría hacer muy feliz al pariente pobre, la suma total de felicidad tal vez sea inferior a la derivada de hacer moderadamente felices a veinte amigos razonablemente acomodados. De ser esto último cierto, la mujer debe dejar el dinero a los amigos en lugar de al pariente.

 

Mill compartía muchas de las creencias de Bentham. El principio de la mayor felicidad de Mill, por ejemplo, consiste sencillamente en que «las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad, e incorrectas cuando tienden a producir lo contrario a la felicidad». Tanto Bentham como Mill eran hedonistas en el sentido de que su ética se basaba en la persecución del placer (no obstante, no en la mera persecución del propio placer personal, sino en la persecución del mayor placer general). Para los dos filósofos, las acciones deben juzgarse por sus probables consecuencias, no según algún código religioso o conjunto de principios obligatorios que hayan de seguirse cualesquiera que sean las consecuencias.

 

La frase  «la máxima felicidad del mayor número» se utiliza a veces para describir la versión utilitarista de la ética, pero puede resultar desorientadora. Tanto Bentham como Mill estaban interesados en conseguir la mayor felicidad conjunta (es decir, la mayor cantidad total de felicidad), sin tener en cuenta cómo se reparte la felicidad. Es coherente con esta perspectiva pensar que sería preferible unas pocas personas sumamente felices que un mayor número de personas ligeramente felices, siempre que la suma total de felicidad fuera mayor en el primer caso que en el segundo.

 

El utilitarismo de Mill difiere del de Bentham en presentar una descripción más compleja de la felicidad. Para Mill hay placeres cualitativamente distintos: placeres superiores y placeres inferiores. Los placeres superiores deben preferirse a los inferiores. Bentham, por el contrario, mide con el mismo rasero a todos los placeres.

 

SOBRE LOS PLACERES SUPERIORES E INFERIORES

 

Una crítica habitual a las versiones simples del utilitarismo, como es la de Bentham, consiste en que reduce las sutilezas de la vida humana al escueto cálculo de los placeres propios de los animales, sin preocuparse de cómo se producen tales placeres. Este tipo de utilitarismo fue ridiculizado como doctrina que sólo merecen los puercos.

 

Mill se enfrenta a estas críticas con su distinción entre placeres superiores e inferiores. Como él dice, es mejor ser un humano insatisfecho que un puerco satisfecho, y es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un tonto satisfecho. Los seres humanos son capaces de placeres intelectuales a la vez que de los brutales placeres físicos; los puercos no pueden tener placeres intelectuales. Mill arguye que los placeres intelectuales son intrínsecamente más valiosos que los físicos o inferiores. Su argumento para sostenerlo es que quienes tienen ambas clases de placeres sin duda prefieren los intelectuales. Pero en la impertinente realidad sucede que algunas personas capaces de apreciar los sublimes placeres intelectuales se lanzan a una vida de libertinaje y gratificación sensual. Su respuesta es que son casos de descarriados por la tentación de la inmediata gratificación sensual; saben perfectamente que los placeres superiores son más valiosos.

 

LA  «PRUEBA» DEL UTILITARISMO

 

La obvia pregunta a hacer es: «¿Por qué maximizar la felicidad?». La respuesta de Mill es discutible, aunque sea importante tener presente que nunca presumió de que constituyera una concluyente justificación de su teoría: no cree que una teoría como el utilitarismo pueda demostrarse veraz.

 

La felicidad, dice, se persigue, como un fin en sí mismo. El objetivo último de toda la actividad humana es la felicidad y la evitación del dolor. Todas las demás cosas que son deseables lo son porque contribuyen a esa vida feliz. Si uno se pasa la vida coleccionando obras de arte, esa actividad es una forma de obtener placer. Si alguien, por ejemplo, se opone a Mill alegando que persigue la virtud como un fin, con independencia de la felicidad que pueda proporcionar, Mill respondería que la virtud es entonces un ingrediente de la vida feliz; pasa a formar parte de la felicidad de la persona.

 

El principio de la máxima felicidad sostiene que el fin o propósito de toda vida humana es la felicidad y la evitación del dolor. Son las únicas cosas deseables como fines: todo lo demás que es deseable lo es como medio para estos fines. De modo que la pregunta: «¿Por qué maximizar la felicidad?» no es en realidad más que una pregunta sobre qué hace deseable la felicidad. Mill propone una analogía para contestar a la pregunta. La única forma de probar que un objeto es visible consiste en demostrar que, de hecho, la gente lo ve. Análogamente, sostiene, las únicas pruebas que podemos dar de que la felicidad es deseable es que realmente la gente la desea. Todo el mundo considera deseable la felicidad, de modo que la felicidad general es la suma de las felicidades individuales y es deseable en sí misma.

 


CRÍTICA DEL UTILITARISMO

 

  1. La «prueba» se basa en malos argumentos

 

La tentativa de Mill por justificar la creencia en que debemos maximizar la felicidad contiene algunos argumentos que se consideran incorrectos. El mayor de estos defectos fue señalado por Henry Sidwick. En primer lugar, el paso de lo visible a lo deseable es engañoso. Mill propone que, puesto, que podemos saber lo que es posible identificándolo con lo que se ve, de ahí se deduce que podemos saber lo que es deseable identificándolo con lo que la gente realmente desea. Pero en un examen más minucioso, la analogía entre «visible» y «deseable» no se aguanta. «visible» significa que se puede ver, pero «deseable», no significa habitualmente que ‘puede’ ser deseado; lo que habitualmente se quier decir es que ‘debe’ ser deseado, o que ‘merece’ ser deseado; y en este sentido emplea la palabra Mill en su razonamiento. Una vez señalada la debilidad de la analogía entre las dos palabras, es difícil entender cómo la descripción de lo que la gente realmente desea podría verosímilmente revelar algo sobre lo que la gente ‘debe’ desear.

 

Pero aunque Mill hubiera demostrado que la felicidad es deseable en el adecuado sentido de la palabra, esto conduciría lógicamente a una especie de egoísmo, persiguiendo cada cual su felicidad personal, antes que a la perspectiva utilitarista más benevolente, para la cual la mayor felicidad posible es su fin. Mill cree que, puesto que cada individuo desea su propia felicidad, basta con sumar el total de todas las felicidades  individuales para conseguir un total que sería en si mismo deseable. Pero no es esto, en absoluto, lo que se deduce. Necesita un argumento mucho más convincente para demostrar que la felicidad general, y no exclusivamente nuestra felicidad personal, es algo que todos hemos de perseguir.

 

  1. Dificultades de cálculo

 

Aunque Mill hubiera demostrado que hay buenas razones para adoptar el planteamiento ético del utilitarismo, seguiría teniendo que enfrentarse a objeciones contra la teoría y su aplicación. Una concreta dificultad consiste en el cálculo de cuál de las muchas posibles acciones es más probable que produzca la mayor felicidad general. Puede que esta cuestión sea especialmente irritante cuando hay que adoptar deprisa una decisión moral: por ejemplo, si se viese uno en el dilema de a quién salvar en un edificio incendiado, teniendo en cuenta que sólo podría salvar a una persona y que habría tres personas atrapadas. En estas situaciones sencillamente no tendríamos tiempo para detenernos a calcular las posibles consecuencias.

 

La respuesta de Mill a esta clase de objeción era que a lo largo de la historia humana las personas han aprendido de su experiencia sobre el probable curso de los distintos tipos de acción. La solución es llegar a algunos principios generales sobre qué tipo de acción tiende a maximizar la felicidad, sin volver sobre el principio de máxima felicidad cada vez que se afronta una decisión moral. Así pues, Mill propone que el planteamiento racional de la vida conlleva adoptar tales principios generales en lugar de estar siempre calculando las posibles consecuencias. De modo que este utilitarismo tiene dos fases: la deducción de los principios generales  por razones utilitarias y la aplicación de tales principios a los casos particulares. 

 

  1. Placeres superiores e inferiores

 

La división que hace Mill de los placeres en dos categorías crea problemas de varios tipos. Puesto que estos placeres son distintos cualitativamente, y no sólo cuantitativamente, el cálculo y la comparación de las consecuencias de las acciones son mucho más complejos. Los placeres superiores e inferiores son inconmensurables; es decir, no hay un continuo en el que medirlos y compararlos. De manera que no está del todo claro cómo hemos de aplicar la versión de Mill del utilitarismo en las circunstancias en que entran en los cálculos los dos tipos de placeres.

 

Además, la distinción entre placeres superiores e inferiores parece cortada a la medida. No sorprende encontrar a un intelectual defendiendo que la actividad intelectual produce placeres mucho más satisfactorios que los meramente físicos, lo cual no demuestra que la teoría sea falsa; únicamente pone de manifiesto que Mill podría tener interés en que los placeres intelectuales sean intrínsecamente más valiosos que los demás.

 

  1. Consecuencias desagradables

 

La estricta aplicación de los principios utilitarios tiene en algunos casos consecuencias que para muchas personas son inaceptables. Por ejemplo, si hubiera habido un horroroso asesinato y la policía hubiera descubierto un sospechoso que saben que no fue el autor del crimen, habría razones utilitaristas para incriminarlo y, por consiguiente, condenarlo. Cabe presumir que la mayoría de las personas se alegraría de que se hubiera y castigado al culpable; serían felices mientras no se descubriera que en realidad era inocente. Los sufrimientos del inocente serían grandes para él, pero al calcular las consecuencias quedarían muy sobrepasados por la suma de los placeres sentidos por millones de personas al ver que se ha hecho lo que consideran justicia. Sin embargo, esta consecuencia de la moralidad utilitarista nos desagradaría a la mayoría de nosotros: nuestras intuiciones dicen que es injusto castigar a un inocente y que no debe permitirse por muy beneficiosas que sean sus consecuencias.

 

Una respuesta a este tipo de crítica es transformar el utilitarismo en lo que se conoce como utilitarismo normativo –o de las reglas [«rule utilitarism»]. En éste, los principios generales de conducta se elaboran mediante razonamientos utilitaristas de tal modo que, en general, castigar a un inocente produce más infelicidad que felicidad. Estos principios generales se aplican incluso en los pocos casos en que, por ejemplo, castigar a una persona inocente produciría mayor felicidad que cualquiera otra de las opciones disponibles. Algunos han sostenido que el propio Mill era un utilitarista normativo. No obstante, resulta más plausible entender que lo que dice Mill acerca de elaborar principios generales sobre el comportamiento antes de enfrentarse a una situación en la que se haya de actuar deprisa (en lugar de ponerse a a hacer cálculos sobre la marcha), tiene por objeto crear normas elementales, generalizaciones que pueden quebrantarse en los casos concretos y que no son principios obligatorios de conducta.

 

GLOSARIO

 

«Altruismo»: Ser útil a los demás por el bien de ellos, no por ninguna motivación egoísta.

 

«Egoísmo»: Actuar únicamente por el propio interés.

 

«Hedonismo»: Persecución del placer.

 

«Placeres inferiores»: Los placeres físicos que experimentan animales y seres humanos, como los derivados de la comida o del sexo.

 

 

«Placeres superiores»: Los placeres intelectuales del pensamiento y la apreciación artística: Mill les asigna mayor valor que a los placeres físicos que son inferiores.

 

«Principio de la máxima felicidad»: El dogma fundamental del utilitarismo: la acción moralmente justa es, en cualesquiera circunstancias, la que es más probable que maximice la felicidad.

 

«Utilidad»: En Mill es un término técnico, que significa felicidad más que provecho. Si una acción logra aumentar la utilidad, esos sólo significa que aumenta la felicidad.

 

«Utilitarismo»: Teoría moral que afirma que, en cualesquiera circunstancias, la acción moralmente buena es la que tiene más posibilidades de maximizar la felicidad.

 

«Utilitarismo normativo – o ‘de la regla’»: Variedad del utilitarismo que, en vez de centrarse en las acciones concretas, se ocupa de las distintas clases de acciones que tienden a maximizar la felicidad.

 

 

 

 

© Nigel BARTLEY: LA CAVERNA DE PLATÓN Y OTRAS DELICIAS DE LA FILOSOFIA. Barcelona Ed. Ares y Mares, 1º Ed. 2000. Reproducción para uso estrictamente escolar.